(Entrada 1)Cerrar el círculo de mi Semana Santa 2026
Este Sábado Santo, en las calles de Granada, apoyé la espalda contra un ginkgo biloba caso sin saberlo; cerca de la Carrera de la Virgen, como si me aferrara a su firmeza.
Cerré los ojos y apoyé la cabeza en su tronco durante unos diez minutos, casi como rezando, pero en realidad sintiendo el pulso del árbol contra mi cuerpo, esa frecuencia baja, casi inaudible, que late en la madera.
Soy amante de los pájaros, y quien me conoce sabe que, si me gustan los pájaros, también me fijo y me pierden los árboles.
Me quedé mirando hacia arriba, preguntándome si era un platanero o un ginkgo biloba, pero la hoja de ginkgo la reconoce cualquiera que sepa algo de botánica y de plantas.
Cogí mi móvil y le hice una foto, como una prueba silenciosa de que, en medio de la Semana Santa, yo había elegido quedarme pegada a un árbol antes que a cualquier otro rito tradicional.
Resistir la contaminación, la sequía y el paso del tiempo, mantenerse en pie sin pedir nada, eso también es una fe.
Cuando abrí los ojos, vi unos niños mirándome. No sé si estaban asustados o solo sorprendidos de ver a una mujer con los ojos cerrados apoyada en un árbol tan grande. Justo detrás de ellos había una mamá que, con un gesto suave, les decía que mantuvieran silencio y que no corrieran.
A mí, sin embargo, me pareció que, en medio de tanta solemnidad, a unos niños hay que dejarlos que correteen, que se cansen, que se rían, que se pierdan un poco antes de aprender a quedarse quietos.
Les miré, ellos me miraron, y en ese cruce de miradas se quedó algo mágico, como si en parte me entendieran. Estaba rezando a mi manera, agradeciendo, respirando, hablando en silencio con el árbol.
Pensar en este árbol me relajó la mente: al recordar que se trataba de un ginkgo biloba, de una especie que ya conocía, me vino a la memoria Hiroshima, ese ginkgo situado a apenas un kilómetro del epicentro que sobrevivió a la bomba atómica de 1945 y volvió a brotar entre las ruinas, hasta hoy venerado como símbolo de resiliencia.
Como si el universo me hubiera guiado sin saberlo, ya estaba apoyada en ese mismo árbol de ginkgo biloba, con la espalda pegada a su tronco. Una lleva muchas luchas, y en ese momento, el árbol se convirtió en el único testigo silencioso de todas las que llevaba.
Y ahora, un poco, un poco también, soy un árbol. 😀😘 El ginkgo biloba es un fósil viviente, eso creo.
Una especie muy antigua, de esas que parecen venir de otros tiempos. Ya existía hace millones de años, vio pasar a los dinosaurios y, aun así, hoy sigue quieto, firme, sin que casi nadie se pare a mirarlo.
En la calle de la Virgen de las Angustias, junto a la basílica y el incienso, con sus hojas amarillas en otoño dando un toque brutal, este año se ven también las primeras hojas nuevas del inicio de la primavera, como hojas jóvenes de ginkgo biloba despertando en el tronco.
Me relajó saber que lleva milenios en la Tierra, que ha sobrevivido a bombas, estrés, polución y olvido.
Para ir atando está historia:
En 2021 o quizás a principios de 2022, en alguna fiesta de Granada, alguien vendía unas postales de una Virgen de la que yo no sabía nada, ni siquiera que fuera de la ciudad. Su rostro me pareció precioso, luminoso, casi inquietante por su realismo.
Desde entonces empecé a fijarme más en ella, hasta que, incluso, me propuse querer ver en persona esa figura, aunque no fuera una persona viva, sino una imagen.
Pregunté por su nombre y me dijeron que se trataba de la Virgen de la Aurora, aunque hasta entonces, como a casi todo el mundo, solo me habían hablado de la Virgen de las Angustias, que también es hermosa, pero a mí fue la Virgen de la Aurora la que me fascinó.
No soy amiga de coleccionar postales ni santos, pero aquella postal de la Virgen de la Aurora sí que la compré… y luego, por desgracia, se me extravió. Su imagen, su expresión, su belleza me atraparon.
Esta Semana Santa del 2026, al no poder verla en directo, busqué un vídeo en YouTube del 2023 y me conformé con contemplarla en pantalla, de una belleza espléndida, como si fuera la primera vez, aunque ya la venía arrastrando en la memoria desde hace años.
Por la noche, ya el domingo, habiéndome acostado temprano 8:30 -9:00 después de un día de Sábado Santo muy intenso entre árboles y calles, todo estaba en un relativo silencio pero el cansancio me podía.
Otra vez a la una y media de la madrugada, el impacto de un coche que pasó a toda velocidad me despertó por segunda o tercera vez su golpe; el golpe contra la arqueta rota (esa arqueta que lleva años así, incluso después de que el Ayuntamiento la haya arreglado varias veces, siempre de forma provisional, con parches que duran poco y terminan dejándola igual, harta de esta situación, recurrí a hacer un escrito al Defensor del Pueblo en mi nombre y en nombre de mis vecinos, que también están hartos, y que recientemente me ha comunicado que están en contacto con el Ayuntamiento para intentar resolver esta situación, ya que muchas veces al ciudadano no le hacen caso y el ciudadano debe recurrir al Defensor del Pueblo) pues bien fue tan fuerte que me dio un susto de muerte.
un doble susto fue lo
que realmente me espabiló:
Una subida brutal del cortisol: el estruendo de la arqueta rota, con todo el ruido del golpe, y, justo después, encontrarme el muñeco ahí, en el balcón, con el jersey maniatado y la cuerda, pegado a la ventana. Bajé la persiana para reducir el impacto y que el ruido se amortiguara, así que tuve que abrir la ventana primero. Y fue justo cuando cerré la persiana cuando me encontré el “Júas” en el balcón: el jersey, el muñeco, la sorpresa, y por un momento, el puro susto. Me quedé desconcertada y, como no entendía nada, pregunté en Google para ver si había algo sobre ese “Juas”, y fue así como me enteré de la historia de ese muñeco y de la tradición en este valle del Lecrín donde vivo.
Me asustó aún más porque las mangas del jersey estaban atadas con una cuerda, aparentemente como si llevara algo dentro, y aquella figura maniatada me recordó de inmediato otros momentos de amenaza que ya había vivido antes.
La verdad, me asusté, porque no era la primera vez que sentía que alguien intentaba asustarme desde fuera, y en ese instante, más que tradición, lo que percibí fue una especie de mensaje intimidatorio lanzado desde el balcón.
No todo el mundo tiene por qué entender las tradiciones de los demás, pero en ese instante, para mí, lo único claro era el miedo.
Cogí el recogedor y un palo, casi como si fuera a desarmar una trampa, y lo volví a tirar hacia la calle, esperando que alguien lo recogiera después.
Me asusté especialmente por si dentro hubiera algún tipo de bicho, o algo muerto; el gesto era práctico, pero detrás iba el puro reflejo de protección (Adjunto la foto) el jersey, la cuerda, la ventana, el miedo.
Mi primera reacción no fue cultural, ni devota, ni chillona, sino de puro susto. Un jersey viejo, sin origen aparente, aparecido en mi balcón cerrado, después de años denunciando un acoso desde 2021, no era algo que se pudiera digerir con facilidad.
Pensé, de inmediato, en brujería, en alguien que me enviaba un hechizo más, en que podía ser parte de la misma cadena de acoso que vengo denunciando y que todavía está pendiente de fecha de juicio.
En ningún momento pensé que tuviera que ver con la Semana Santa. Las mentes, cuando llevan años en esa tensión, juegan sus pasadas: convierten lo inesperado en amenaza, esto creo, así lo pienso.
Fue entonces cuando me puse a buscar en Google lo que estaba pasando, como si pudiera huir del miedo a base de información.
Leyendo sobre la tradición de los Júas, entendí por fin de qué iba la movida, pero para mí, en ese momento, fue demasiado tarde: el susto, la taquicardia, el cortisol ya estaban ahí.
Cogí el jersey con un recogedor y lo tiré de nuevo al exterior, casi como si exterminara con gesto práctico lo que no entendía.
No me vino a la cabeza que formaba parte de una tradición, solo me invadió la impresión de invasión.
A lo desconocido le llamamos brujería; lo que ya conocemos, o creemos que los demás tienen que conocer, lo llamamos tradiciones.
Desde un punto de vista eurocéntrico, muchas veces etiquetamos como “mágico” o “brujeril” lo ajeno, mientras elevamos a “patrimonio” y “costumbre legítima” aquello que nace de nuestras propias raíces cristianas, sin cuestionarlo igual.
Si lo hubiera hecho un africano en mi escalera, seguro que lo habrían calificado de “ritual extraño” o de “magia negra”. Si lo hace un cristiano desde un balcón, ya es “tradición”, “Semana Santa”, “cosas que se han hecho siempre”.
Y no hay que olvidar que, si un cristiano se encuentra algo parecido en su escalera fuera del período de la Semana Santa, probablemente se lo tomaría como una broma o una tontería, pero si un africano hace algo similar fuera de la Semana Santa, sería brujería, y quién sabe si hasta terminaría en denuncia.
Pero en este caso, al ser Semana Santa, uno tiene que tragar… y callar… Aunque eso no quiere decir que yo tenga que callar aquí.
Para mí, sin embargo, el respeto importa más que el rótulo: por eso me siento interpelada, y por eso también aprovecho para dejarlo escrito aquí.
Respeto las vírgenes, los pasos, el incienso me gusta de hecho lo compro y tengo incienso hasta traído de Arabia Saudí......la música celestial que corre por las calles de Granada y de Sevilla, las bandas las trompetas, me parece que sin eso las semanas antes sería otra cosa.
Respeto a quienes viven la Semana Santa con tanta intensidad como un corazón latiendo en la calle. Pero también exijo que se respete mi cuerpo, mi casa, mi balcón, mi silencio.
Que la belleza no se confunda con la invasión, y que la tradición no se use como excusa para el miedo ajeno.
Que para respetar las costumbres de uno, habría que empezar por entender también que no todas las costumbres se respetan por igual. Lo que puede hacer un árabe musulmán, lamentablemente, no siempre se va a leer como algo válido, respetable o incluso comprensible.
Me he encontrado con insultos, de verdad muy fuera de lugar y muy lamentables, por el simple hecho de que el Gobierno español, en su página web, felicite el fin del Ramadán a la comunidad musulmana, como si el reconocer la existencia de otra fe fuera un ataque.
Puedes ver el comunicado oficial donde se menciona el Ramadán y se condena el discurso de odio aquí:
Y me ha tocado denunciar comentarios en Facebook como delito de odio, porque había que marcar la línea rojas:
- cuando el lenguaje criminaliza, etiqueta, amenaza o ridiculiza, deja de ser simple “opinión” y se convierte en violencia.
En esta Semana Santa del 2026, cierro el ciclo, el lunes de Pascua, con un cuerpo algo cansado, pero con la memoria llena:
Arboles que miré y fotografié, vírgenes como la Aurora de Granada que me conmovieron, música que me atrapó, Júas que me asustaron, acoso que me persigue surrealista parece porque estás cosas no se curan de ya para ya, ha sido un muñeco pero como dice la doctora los ataques de pánico pueden durar años y el desconocimiento del Juas lo despierta, la taquicardia el Desencadenante otra vez y la mente se hace su película.
Si desde hace años todavía a esto no se le ha dado justicia, nadie sabe lo influenciable que somos, por lo menos las personas no son conscientes de ello, la risa el cachondeo, sin pensar en los demás, mientras que uno se está divirtiendo y cachondeándose el otro no está pasando mal.
Tengo la certeza de que, más allá de la fe, de la brujería o de la tradición, lo que realmente importa es saber detenerse, mirar, respirar… y no pasar de largo.
(En la siguiente entrada completa esta entrada de blog- con una segunda parte).
Esta entrada cierra el círculo de mi Semana Santa 2026, pero abre el camino hacia una segunda parte más incisiva sobre el respeto, la fe y lo que no se nombra:
“Respirar respeto: Ramadán, fe y diferencia"











Comentarios
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(El año 2021 y 2022 fui víctima de acoso, ciberacoso, hostigamiento y un brutal derribo tanto en RRSS, Facebook, WhatsApp, Messenger y en éste mismo blog además de las páginas Africanas Por El Mundo, Áfric-Ossa, Afropoesia y otras páginas que administraba, todo ello con la intención de difundir bulos, mentirás, dañar mi honor, mi persona, mis actividades sociales, culturales, como escritora, poeta, emprendedora etc..... con la intención de buscar dañar mi salud emocional y desequilibrarme.
.... Tuve que cerrar redes sociales y apartarme de todas mis actividades tuve que suspender mi vida.
......., Soy una superviviente de los acosos, ciber acosos y esto no hay que callarlo, hay que denunciar y ponerle nombre a cada uno de estos delitos que cada vez más crecen.... estas personas no deben de quedar
absueltas de estos delitos.
Entre todos debemos denunciar, no callar y normalizar está violencia, estos son delitos tipificados.
....Existen personas enfermas y dañinas con maldad diabólica quieren quitarte de medio.....
sin más, que parezca todo natural, en tu difuminación,
por favor denunciar, estás personas buscan que no resistas , que no aguantes más y desaparezcas.
Doy gracias a Dios y a las personas que me apoyaron, gracias a ellas sobrevivo, otras muchas mujeres están bajo tierra y no han hablado de lo que les ha pasado.... y nadie habla de esto por vergüenza, miedo, pudor etc....
En este acoso, hostigamiento, extorsiones, robo de imagen en redes sociales para trucarlas y difundirlas con pornografía y zoofilia et etc hechas con el fin de destruirme, difundiendo en diferentes canales .....
He sido atendida por los mejores profesionales y apoyada por personas que desde el primer momento han ido viendo cada maniobra, realizada como parte de ese acoso y derribo brutal para acabar con mi vida, todavía a la espera de la Justicia , en mis entradas de Blog , en algunos post casos leeréis sobre ello. ¿No os parece paradójico, que quien defiende los Derechos Humanos y todo su séquito apoyándoles para destruirme sigan diciendo que defienden los Derechos Humanos de la comunidad afro- africana y sean los que te violenten? sea lo que sea, sigo a la espera de que la Justicia, haga su mejor trabajo.
Soy de las pocas personas que habla de esto y deberíamos ser más poniendo cara a personas que intentan asesinarte socialmente hasta que desaparezcas.
No permitas el ciberacoso y acoso y todas estas formas de actuar delictivas.
DENUNCIA.