(Entrada 2) Respirar respeto: Ramadán, fe y diferencia (Entrada 2)

                   

                                    
                                                  

   

                             Una caricia para el Alma 

En la entrada anterior, “Cerrar el círculo de mi Semana Santa 2026 (entrada 1)”, conté Sábado Santo apoyada en un ginkgo, mi encuentro con la Virgen de la Aurora, el susto del “Júas” en el balcón y el eco de años de acoso todavía pendiente de justicia.


Esta segunda parte no repite esa historia, sino que la utiliza como punto de partida para hablar de algo más amplio: el respeto, la fe y la forma en que juzgamos lo que no es nuestro.


Estos días, después de la felicitación del Gobierno español por el fin del Ramadán a la comunidad musulmana, han proliferado en redes sociales comentarios tóxicos, comentarios que se esconden tras el disfraz de la “opinión” pero que se sienten como una agresión.


He llegado incluso a denunciar algunos perfiles como delito de odio, porque cuando el lenguaje criminaliza, etiqueta, amenaza o ridiculiza, deja de ser simple “opinión” y cruza la línea roja: se convierte en violencia.


El Gobierno ha hecho público un comunicado oficial donde se reconoce la celebración del Ramadán y se condena el discurso de odio hacia la comunidad musulmana.

En ese texto se subraya que, en un país plural y democrático, la libertad religiosa no puede ser un privilegio para unos y un motivo de rechazo para otros, que celebrar una festividad ajena no es “traicionar”, sino reconocer la diversidad real que ya existe en nuestras calles, barrios y escuelas.


Me he encontrado con insultos, de verdad muy fuera de lugar y muy lamentables, por el simple hecho de que el Gobierno español, en su página web, felicite el fin del Ramadán a la comunidad musulmana, como si el reconocer la existencia de otra fe fuera un ataque.

En muchas de esas reacciones, se repite el mismo patrón:
lo mío es “tradición” y “patrimonio”,
lo ajeno es “costumbre rara”, “magia” o “brujería” y lo que se vive desde otras culturas se politiza, se caricaturiza o se silencia.

Desde un punto de vista eurocéntrico, muchas veces se etiqueta como “mágico” o “brujeril” lo ajeno, mientras se eleva a “costumbre legítima” aquello que nace de nuestras propias raíces cristianas, sin cuestionarlo igual.


Si el mismo gesto lo hiciera un africano en mi escalera a una persona de aquí sin raíces en otras culturas, o enlazadas en otras culturas como mejor se lo quiera llamar;  seguro que lo habrían calificado de “ritual extraño” o de “magia negra”.

Si lo hace un cristiano desde un balcón, ya es “tradición”, “Semana Santa”, “cosas que se han hecho siempre”.

Este 2026, además, la Cuaresma cristiana y el mes del Ramadán han coincidido en el inicio, empezando ambos el mismo día, el 18 de febrero.


"Ayuno compartido: Ramadán y Cuaresma, 18 febrero 2026. Detenerse, mirar, respirar."



Es una coincidencia poco frecuente que, en vez de ser un motivo de choque, podría invitarnos a reconocer que ayuno, oración y reflexión no pertenecen a una sola fe, sino a muchas tradiciones que, en el fondo, buscan lo mismo: detenerse, mirar y respirar.


Cuando el lenguaje criminaliza, etiqueta, amenaza o ridiculiza, deja de ser solo opinión y cruza la línea roja: se convierte en violencia.

Por eso, en redes sociales, me he sentido obligada a marcar esa línea roja: denunciar comentarios como delito de odio cuando se ataca a una comunidad por su religión, su origen o su forma de creer.

La Semana Santa que acabo de vivir, con mis  ginkgos, vírgenes, procesiones y sustos de fe, me ha dejado claro que, más allá de la brujería, la tradición o la credulidad, lo que realmente importa es saber detenerse, mirar, respirar… y no pasar de largo.



Otra punta importante: 

Que para respetar las costumbres de uno, habría que empezar por entender que no todas las costumbres se respetan por igual, y que el respeto verdadero exige practicarlo hacia quienes también lo piden, aunque no se muevan dentro de la misma iglesia.


Este díptico (dos entradas de blog) cierra aquí, pero el respeto, la fe y la conversación siguen en pie y esto es lo que debiéramos primar por el bien común.


Acabo con una frase que me apropio de Mandela y lo readapto  a mí estilo aquí:

“El bien común no es caridad: es justicia, es proteger la dignidad de todos. Y solo cuando logramos construirlo sin excluir a nadie, el respeto deja de ser un discurso y se vuelve acción, en cada calle, en cada balcón, en cada fe.” —Nelson Mandela, en el espíritu de su lucha—.
 
    
           

      KO- FI 

                  




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