Desayuno con diamantes y el cubo esperando para fregar.

                                                                         
                       

                                 Se siente con el ver


"Desayuno con diamantes
 y el cubo esperando para fregar 
en escarmiento de mi gata rompedora" 


Después de rescatar dos cuadernos del cubo de la basura —donde la gata los había lanzado sin que yo me diera cuenta hasta pasadas por lo menos cinco horas—, llamé a Pedro para que me dijera cómo podía salvar los apuntes que habían estado en remojo casi todo el día en ese cubo lleno de agua y lejía. Seguí las instrucciones que encontró en Internet. La primera fue congelarlos durante 72 horas para que la tinta no se descompusiera. Eso hice: los dejé en el congelador, después los saqué, les puse un ventilador para que fueran secándose poco a poco y, por último, los subí a la azotea para que el calor de la terraza terminara de secarlos.








Entre lo que he podido rescatar me quedo con la idea esencial de Pāṇini, gramático de la India antigua, de los siglos VI al IV a. C., autor de la Aṣṭādhyāyī (el libro de los ocho capítulos), una obra fundamental de la gramática sánscrita. Siempre nos han dado la lata en el instituto y en el colegio con la gramática, y todavía salgo pensando que no la controlo del todo; pero lo que más me interesa de esta gramática es la esencia de la frase. Por eso la traslado a esta entrada de blog, entre comillas, como mi propia traducción:
"No es la abundancia de términos lo que muestra el fondo del asunto, sino la claridad con que se nombra lo esencial. (Sutra, aforismo de la tradición hindú, traducido aquí al lenguaje europeo)".

— Pāṇini, escritor y poeta hindú, siglo IV a. C.
Y así en la poesía: el diccionario es buen compañero, pero antes que usarlo, mejor elegir palabras sencillas; porque muchos versos muy rebuscados esconden un fondo vacío, mientras que lo esencial se dice con claridad.

Y todo esto, además, ocurrió en una libreta que tenía guardada casi como una libreta de colección, la de Desayuno con diamantes, con Audrey Hepburn en el recuerdo como Holly Golightly: un personaje que no representa la perfección, sino la apariencia, la soledad y el deseo de encontrar un lugar propio.

Muchas veces me pregunto por qué anoto cosas aparentemente innecesarias, pero luego les hago juego, porque me llaman la atención pequeños detalles. Pienso que debiéramos plantearnos: ¿cuántos de nosotros, hombres y mujeres, pertenecemos a ese personaje que va buscando la perfección mientras la vida va pasando?
Lo que me ha ocurrido me ha hecho reflexionar sobre todo esto y mezclar ambos conceptos: la perfección no es necesaria muchas veces; quizá sea mejor desayunar sin diamantes y con unas buenas tostadas de aguacate y tomate, un buen aceite de oliva andaluz y un café con leche con un toque de Malta, que compro en el herbolario de mi pueblo a Mari Paz, y le añado una cucharadita por cada tres cucharadas de café en la cafetera italiana donde preparo mi café todas las mañanas.

Al final, lo que rescaté del agua y la lejía no fueron solo páginas secas, sino la certeza de que la vida —como la buena escritura— se sostiene en lo sencillo: en el aceite que brilla sobre el tomate, en el aroma de la Malta al hervir, en las palabras justas que nombran lo que importa. Porque lo esencial, como diría el zorro (en el buen sentido) de El principito, siempre ha sido invisible a los ojos.

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